Estos ocho días, posteriores al domingo de Pascua, son como un solo día de Pascua. Por eso, en las misas, se dice: “en este día glorioso”; por ejemplo en el prefacio y en el desarrollo de la plegaria eucarística. En todas las misas de estos ocho días, se canta o se recita el himno de Gloria.
La octava de pascua finaliza el próximo domingo, segundo del tiempo pascual.
Luego continúa el tiempo pascual que se desarrolla durante cincuenta días, aproximadamente, y llegará a su plenitud el Domingo de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo. El don más preciado de la Resurrección del Señor es la efusión del Espíritu Santo sobre nosotros. En la última misa de ese día se apaga el cirio pascual y se lo traslada desde el presbiterio hacia donde se encuentra la fuente bautismal. En el domingo anterior a Pentecostés, celebramos la Ascensión del Señor.
El bautismo es nuestra primera pascua, el paso de la muerte a la vida eterna, del pecado a la vida nueva en Dios. En el bautismo recibimos el Espíritu Santo y se nos comunica el don de la fe.
Durante el tiempo pascual, las dos primeras lecturas de la misa dominical son del Nuevo Testamento. En los otros tiempos litúrgicos, la primera se toma, generalmente, del Antiguo Testamento. El color litúrgico es el blanco. En lugar del Ángelus se reza el Regina Coeli.
Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque Cristo,
a quien llevaste en tu seno, aleluya,
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.
