PROPUESTA DE MEDITACIÓN EN ESTA SEMANA SANTA

LAS SIETE ÚLTIMAS PALABRAS DE JESÚS

 P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Jesus en la cruz

Las Siete Palabras es la denominación convencional de las siete últimas frases que Jesús pronunció durante su crucifixión, antes de morir, tal como se recogen en los Evangelios. El de Mateo [] y el de Marcos,[] mencionan solamente una, la cuarta. El de Lucas relata tres, la primera, segunda y séptima. El de Juan recoge las tres restantes, la tercera, quinta y sexta. Su orden es tradicional, no puede determinarse su orden cronológico.

Los invito en esta Semana Santa a meditar en cada una de ellas. Dejemos que la Palabra, llene nuestra vida y transforme nuestro corazón. No las leamos de corrida. Démonos el tiempo necesario para rezar con cada una de ellas.

 

1. «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» Pater dimitte illis, non enim sciunt, quid faciunt (Lucas, 23: 34).

Nuestro mundo actual es sumamente sensible al valor de la justicia. Jesús predicó a favor de ella. Es más, Él llama bienaventurados a aquellos que trabajan por la justicia.

Una sociedad sin justicia, sucumbe. La justicia protege a la sociedad, castiga el mal, premia el bien, garantiza derechos y promueve deberes.

La justicia es un bien, como toda virtud, cuando está animada por la caridad.

La justicia no es venganza, no es devolver mal por mal. La justicia, animada por la caridad, busca siempre el bien de las personas y de todas la personas.

No es impunidad, no es permisivismo, el todo vale; porque está animada por la caridad aplica sanciones que tiene dos objetivos: preservar a la sociedad del peligro y buscar la corrección del que obró mal. La venganza, en cambio, busca el mal del que obró mal, no se compromete con el bien de las personas.

Perdón y justicia no se contraponen, se integra. El perdón no evita la sanción correctiva pero no devuelve mal por mal.

El perdón nos hace profundamente libres. No nos deja esclavos de aquello que vivimos ni de las personas que nos hicieron daño. Es capaz de liberarse de la atadura del odio y del rencor; es capaz de dar un paso más de libertad.

Sólo en la medida en que entiendo que no soy Dios para juzgar al otro, que no soy Dios para conocer el interior del corazón de mi hermano, puedo perdonar. Podemos y debemos condenar los hechos que significan daño. Nunca podemos juzgar la intencionalidad última del que hizo daño porque no conocemos su posibilidad de libertad para decidir. Nunca sabemos porque el otro actuó de determinada manera, no conocemos su historia de vida; y, si la conocemos, no sabemos cómo influyó en él. No conocemos los condicionamientos psíquicos, de salud, que el otro tuvo, sus grado de sanidad o de enfermedad.

Sólo en la medida que en cada uno de nosotros se reconoce pecador y vive la alegría de ser perdonado por Dios, puede perdonar al otro.

Muchas veces no les perdonamos a los demás aquello que no nos hemos perdonado a nosotros mismos. No aceptamos de los otros aquello que no hemos aceptado de nosotros mismos.

Jesús dio la vida para que nosotros pudiéramos dar la vida como Él lo hizo, incluso entregarla por amor a aquellos que le estaban quitando su propia vida.

 

2. «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso; o Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso» – Amen dico tibi hodie mecum eris in paradiso (Lucas, 23: 43).

 ¡Cómo ansiamos vivir en un paraíso; en un lugar de luz y de paz, de alegría y de eternidad!

Cuando Jesús llegó al momento culminante de su amor, dando la vida por nosotros, nos proclama que Él tiene el poder de llevarnos a ese paraíso esperado y deseado.

Cada vez que le abrimos el corazón y lo dejamos entrar en nuestras vidas, hacemos la experiencia anticipada de ese paraíso. Cuando Él ilumina nuestros pensamientos y nuestras acciones, nuestros vínculos se tornan experiencia gozosa de amor.

El paraíso es el lugar de la plenitud del amor. Por eso, es lugar de paz y alegría. Fuimos creados para amar. En cada gesto de amor, encontramos el sentido de nuestras vidas. Es ese sentido que colma de plenitud nuestra existencia.

El ladrón arrepentido reconoce en Jesucristo al inocente que viene a hacer presente el Reino, le suplica que lo tenga en cuenta. Y Jesús, no sólo lo tiene en cuenta, le otorga el cumplimiento del deseo más profundo del corazón humano: hoy estarás en el Paraíso.

Cuando lo dejamos entrar al Señor en nuestras vidas, Él convierte hasta el dolor en paraíso porque nos permite vivir la cruz en dimensión de amor. Convierte la cruz en paraíso porque se hace presencia amorosa y confortante en el dolor.

Él quiere que vivamos eternamente con Él, que compartamos la alegría del triunfo del amor sobre el pecado, de la eternidad sobre la muerte

 

3. «Mujer, aquí tienes a tu hijo … Aquí tienes a tu madre» – Mulier ecce filius tuus … ecce mater tua (Juan, 19: 26-27).

Te invitaría a contemplar un instante la escena: Jesús está pasando por el momento más doloroso de su vida. Es despreciado, insultado, escupido, calumniado. El sufrimiento físico y moral es muy intenso. En ese momento, clavado en la cruz, mira a su madre. Cuánto dolor habrá experimentado la Madre al ver a sí a su Hijo. Cuánto dolor habrá experimentado el Hijo al ver el sufrimiento de su Madre. Cómo duele el dolor del otro cuando el amor al otro es grande.

Esto nos lleva a la primera pregunta ¿Nos duele el dolor del otro? ¿Qué hacemos ante ese dolor? María es madre. Y por eso es compañía, consuelo, fortaleza, alivio, solidaridad, esperanza. La Iglesia también es madre. Nosotros somos Iglesia. ¿Estamos cerca del dolor de nuestros hermanos? ¿Somos compañía, consuelo, fortaleza, alivio, solidaridad, esperanza?

Jesús usa el término “mujer”. No se lo habíamos oído desde que lo uso, al inicio del Evangelio según San Juan, en las bodas de Caná. Ahí no había llegado la hora. En este momento, cuando la hora llegó, la hora de la entrega total, la hora de la redención, la hora de la plenitud del amor sacerdotal, la hora en la que el mal, el pecado y la muerte son vencidos. Ahora vuelve a utilizar el término mujer. Pero ya no es el vino el que nos salva. Ahora su sangre es salvación, es purificación, es libertad. Terminó el símbolo profético, ahora es la hora de la verdad.

Y en la hora culmen de la historia, en donde la vida de los hombres es redimida y nacemos a la eternidad, Juan, el discípulo, la recibe. Nosotros somos los discípulos del Señor. Juan es nuestro representante que en nuestro nombre recibe a la Madre. Y es en esa hora en la que los hombres recibimos para siempre el consuelo y la fortaleza de la Madre. A partir de ese momento, ya no estamos solos cuando sufrimos, hay una mujer que es madre, esposa y amiga que nos contagia su fe y, con ella, su fortaleza.

¿Cómo es este Jesús? No le bastó darnos la vida, nos quiso regalar lo que más amaba en este mundo. Nos regaló su Madre como Madre nuestra.

 

4. «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» – Deus meus Deus meus ut quid dereliquisti me (Mateo, 27: 46 y Marcos, 15: 34).

Alguna vez he leído que este fue el momento de más intenso dolor para Jesús. Se sintió abandonado hasta por su propio Padre. Hasta en eso se hizo igualito a nosotros ¿No nos hemos sentido solos alguna vez? ¿No nos ha dolido el silencio de Dios? Pero su Padre no lo abandono. Su muerte se convirtió en vida eterna; su dolor, en experiencia de Gloria.

Muchas veces en la vida nos cuesta experimentar la cercanía de Dios; muchas veces, no entendemos su actuar. Dios supera siempre nuestra capacidad de comprensión, nuestra posibilidad de contenerlo y entenderlo. Dios es un misterio de amor que va más allá de nuestras miradas. San Agustín dice: «Si crees haberlo comprendido, ya no es Dios». Él siempre supera nuestra capacidad de entendimiento. Tener fe es abandonarse en ese misterio y permanecer en Él aunque no entendamos su actuar.

 

5. «Tengo sed» – Sitio (Juan, 19: 28).

Jesús expresa su necesidad. Amar no es sólo dar sino, también, saber pedir ayuda. Cuando expresamos nuestras necesidades, sin ser demandantes ni egocéntricos, estamos posibilitando que otros crezcan en el amor. Amar es buscar el bien del otro; cuando le damos la posibilidad de amar, estamos buscando su bien.

Ser humildes es reconocer el bien que hay el otro y reconocernos necesitado de ese bien.

 

6. «Todo está hecho»; o «Todo se ha cumplido» – Consummatum est (Juan, 19: 30).

Nos amó hasta el fin. Su amor es un amor perseverante.

Sólo quien confía en la Gracia de Dios y pone su vida en manos del Padre, puede perseverar hasta el fin.

El amor es fidelidad a la voluntad de Dios, a los vínculos generados, a la entrega cotidiana y silenciosa

 

7. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» – Pater in manus tuas commendo spiritum meum (Lucas, 23: 46).

Todo se lo entrega al Padre porque todo lo recibió de Él. Todo lo pone es sus manos. Jesús es modelo de confianza total en el amor del Padre.

El sentido último de nuestra vida es vivir, desde la comunión con Jesús, en entrega confiada y cotidiana al Padre. Fuimos creados para amar a Dios y nuestra vida se realiza sólo cuando es una entrega total a Él. Es tu rostro, Señor, lo que yo busco (Sal 26,8)

 

Viernes Santo