COMENTARIO AL EVANGELIO

III Domingo de Cuaresma

CICLO A

19 de marzo  de 2017

Cristo y la Samaritana-Duccio
Cristo y la Samaritana. Duccio. 1310-1311

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san  Juan     (4, 5-42)

    Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.

    Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.»

    Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.

    La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.

Jesús le respondió:

    «Si conocieras el don de Dios
y quién es el que te dice:
    «Dame de beber»,
tú misma se lo hubieras pedido,
y él te habría dado agua viva.»

    «Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?»

Jesús le respondió:

    «El que beba de esta agua
tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que Yo le daré,
nunca más volverá a tener sed.
    El agua que Yo le daré se convertirá en él en manantial
que brotará hasta la Vida eterna.»

    «Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla.»

    Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí.»

    La mujer respondió: «No tengo marido.»

    Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad.»

    La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar.»

    Jesús le respondió:

    «Créeme, mujer, llega la hora
en que ni en esta montaña ni en Jerusalén
ustedes adorarán al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen;
nosotros adoramos lo que conocemos,
porque la salvación viene de los judíos.
Pero la hora se acerca, y ya ha llegado,
en que los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad,
porque esos son los adoradores
que quiere el Padre.
Dios es espíritu,
y los que lo adoran
deben hacerlo en espíritu y en verdad.»

    La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando Él venga, nos anunciará todo.»

    Jesús le respondió: «Soy Yo, el que habla contigo.»

    En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: «¿Qué quieres de ella?» o «¿Por qué hablas con ella?»

    La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?»

    Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.

    Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro.» Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen.»

    Los discípulos se preguntaban entre sí: «¿Alguien le habrá traído de comer?»

    Jesús les respondió:

«Mi comida
es hacer la voluntad de Aquel que me envió
y llevar a cabo su obra.
    Ustedes dicen
que aún faltan cuatro meses para la cosecha.
    Pero Yo les digo:
    Levanten los ojos y miren los campos:
ya están madurando para la siega.

Ya el segador recibe su salario
y recoge el grano para la Vida eterna;
así el que siembra y el que cosecha
comparten una misma alegría.
    Porque en esto se cumple el proverbio:
    «Uno siembra y otro cosecha.»
    Yo los envié a cosechar
adonde ustedes no han trabajado;
otros han trabajado,
y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos.»

Muchos samaritanos de esa ciudad habían creído en Él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que hice.»

    Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y Él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en Él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer:

    «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo.»

 Palabra del Señor.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos:

Todos hemos experimentado, alguna vez, una fuerte sensación de sed,  posiblemente en un día de mucho calor o luego de una intensa actividad física. Una sed difícil de saciar. Algunas veces podemos experimentar otro tipo de sed, como buscando algo que sacie nuestro existir, que llene nuestro interior.  A veces nos puede agobiar la rutina, el no encontrar nada que nos satisfaga plenamente, que nos traiga esa felicidad que tanto buscamos. Otras veces, vamos detrás de cosas que se nos presentan como necesarias, cuando en verdad no lo son; o detrás de objetivos, bienes, personas, insumos que, cuando los llegamos a poseer, nos vuelven a dejar vacíos, con más sed de plenitud.

Este diálogo, entre Jesús y la samaritana, se da cuando Él se sienta junto al pozo de Jacob. En las zonas desérticas los pozos suelen ser lugares muy importantes. Mucho más lo era este pozo histórico. Era vital, en esa zona, contar con algunos lugares para poder abastecerse de agua, elemento fundamental para la vida y escaso en esas geografías. Por eso el agua, que era vista como un elemento sumamente valioso, adquiere todo un sentido en la Biblia como símbolo de la enseñanza divina, de la Ley o de los dones que Dios otorga a los hombres. En el diálogo de Jesús con la samaritana, se entre mezclan los dos sentidos de la palabra: como agua en sí misma y como símbolo de la nueva vida que Dios nos da, referencia directa con nuestro bautismo.

En los tiempos de Jesús no era bien visto que un maestro “perdiera el tiempo” hablando con una mujer. Era más escandaloso aún si esa mujer era samaritana. Uno de los insultos más grande, que un judío podía recibir, era ser llamado samaritano. Había una enemistad muy fuerte entre ellos. Los judíos piadosos consideraban impuros a los samaritanos. Recordemos la historia: los conquistadores asirios, luego de la caída de Samaría en el siglo octavo antes de Cristo, destierran a la mayoría de los judíos y los llevan a Asiria. Un pequeño grupo de judíos no es desterrado y queda en el territorio. Los asirios traen cinco grupos asiáticos que se mezclan con los israelitas que habían quedado en ese lugar. De esta mezcla surgen los samaritanos, habitando en una ciudad ubicada al norte de Jerusalén, camino a Galilea. Surge así un grupo culturalmente híbrido y religiosamente sincretista.  A pesar de eso, adherían a la ley surgida en el Pentateuco y consideraban inspirados los cinco primeros libros de la Biblia –ley de Moisés- pero no los libros proféticos. Los samaritanos se consideraban como verdaderos israelitas. Los judíos no los consideraban así sino como un pueblo pagano, impuro. La separación con los judíos llega a su punto extremo cuando los samaritanos construyeron un templo en el monte Garizim, en el centro de Palestina, en competencia con el templo de Jerusalén. De este modo, se tornaron para los judíos en un pueblo hereje y cismático. Los historiadores dan cuenta de muchos episodios de hostilidad e intolerancia entre ellos; incluso, algunos de ellos, con derramamiento de sangre. Jesús supera estas barreras culturales, estas rivalidades históricas y entra en diálogo con esta mujer samaritana. Es más, es en el único caso en que Jesús se revela directamente como Mesías y lo hace con esta samaritana.

Otro dato importante es la hora en que sucede el acontecimiento: al mediodía. En la página anterior, se ubica el encuentro con Nicodemo durante la noche. Cuando se escribe el Evangelio según san Juan, los judíos (representados por Nicodemo) se cierran a la Buena Noticia. Esta, se propaga con más facilidad entre los paganos (representados por la samaritana). Por eso, el encuentro con uno de los jefes judíos se ubica en la noche. En cambio, el encuentro con la representante de los pueblos paganos, durante el día. Jesús es la luz que ilumina toda vida. Él no vino para un pueblo determinado sino para todo aquel que lo quiera recibir.

En este pasaje, Jesús aparece profundamente humano: fatigado, se sienta a descansar. Con humildad, pide agua. Asume la condición de necesitado. Sólo el que sabe pedir tiene condiciones para dar.

Jesús le revela a la samaritana que conoce su historia, su intimidad: ...has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido...Quizá en alusión a las cinco tribus paganas que ocupan el territorio de la actual Samaría.   Dejarlo entrar a Jesús en nuestra intimidad y que su mirada de amor penetre en todos los acontecimientos de nuestra vida, es dejarnos sanar por Él. Es la mirada misericordiosa de Aquél que nos creó y redimió y nos destinó a vivir eternamente con Él. Es la mirada del amor infinito que perdona y hace nuevas todas las cosas. Es el agua que purifica y da vida.

Jesús dice que la salvación viene de los judíos porque Él, descendiente de los judíos, es el Salvador. También hace notar que las instituciones, tantos judías como samaritanas, deben ser relativizadas. Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Tanto el templo de Jerusalén como el monte de los samaritanos, pierden el sentido de exclusivo lugar de encuentro con Dios.Adorar en espíritu no significa prescindir de formas externas, de ritos, símbolos, lugares, signos… Adorar en espíritu es dejar que el Espíritu Santo inspire nuestra oración, es dejar que Jesús  nos conduzca al Padre, es no atarse a ningún lugar determinado. Jesús es el nuevo templo, el lugar del encuentro con el Padre.

También es interesante el simbolismo del cántaro: la mujer lo deja en el pozo, como si ya no lo necesitara ahora porque encontró el agua verdadera. Ella manifiesta la necesidad de encontrar algo que calmara definitivamente su sed. Jesús se presenta como aquel que satisface nuestros deseos más profundos. Es la respuesta a nuestros anhelos más hondos. Fuimos hechos para Él. Él es el agua viva que nos da la verdadera vida. Cuaresma es tiempo de beber en esta agua.

Prepararnos para la Pascua  es alimentar nuestro deseo de vivir en comunión con Jesús. Sólo Él, la Palabra de vida, colma nuestra sed más profunda. Preparémonos en esta cuaresma para renovar nuestro bautismo, en donde la inmersión en el agua nos convirtió, por la acción del Espíritu, en hijos de Dios, discípulos de Jesucristo y misioneros al servicio del anuncio de la Buena Noticia.Como verdaderos hijos, Dios entra en nuestra intimidad para sanarnos. Como verdaderos discípulos de su Hijo, nos alimenta con su Palabra y los sacramentos, agua viva que engendra vida en nosotros. Como verdaderos misioneros nos hace partícipes de su misión, haciendo de la fidelidad a su voluntad el sentido más profundo de nuestras vidas.Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra. Encontrar en Jesús, el agua viva, es disponer toda nuestra persona a realizar con Él la voluntad del Padre. Aquí encontraremos aquello que plenifica nuestro existir y que llena de sentido nuestra vida.

Nos preguntamos:

¿Saciamos nuestra sed en Jesús? ¿Dejamos que nuestro deseo de encuentro con Él aumente cada día y que, en cada encuentro con el Señor, aumente en nosotros el deseo de comunión con Él?

Un bendecido domingo para todos,

P. Rodolfo Pedro Capalozza, SAC

Centro de Espiritualidad Palotina

 

SALMO RESPONSORIAL   Sal 94, 1-2. 6-9

R. Cuando escuchen la voz del Señor,
no endurezcan el corazón.

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor! R.

¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que Él apacienta,
las ovejas conducidas por su mano. R.

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá,
como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras.» R.